03 enero, 2007

Cuento un cuento

A mi amigo Alex, con cariño…

"El verdadero secreto de la felicidad consiste en exigir mucho de sí mismo y muy poco de los otros."
Albert Guinon (1863-1923) Dramaturgo francés.
JOSITO Y FULGORÍN
No hacía mucho que Josito se comía el tarro, lo cierto es que pocas veces, si no pocas puede que ninguna, se había enfrascado en una de esas odiosas encrucijadas mentales. Batallas que aun a sabiendas de no causar herida física alguna, son catalogadas por los que las sufren como un problema.
Josito un chaval ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, vamos, de lo más normal, se mordía nerviosamente las uñas rebanándose los sesos. El pobre no cumplía apenas la decena de años y no lograba comprender ciertos porqués de las cosas. No sabía por qué debía comerse las judías que la histérica de su madre insistía en que ingiriese. No entendía que no le dejasen saltar en los charcos que dibuja la lluvia después de un glorioso chaparrón, ni comprendía de que le serviría el día de mañana, saber que la hipotenusa de un triángulo rectángulo era igual a la raíz cuadrada de los catetos al cuadrado del mismo… ¡Ay de Josito! que apenas había comenzado a vivir y temía no saber para que sirve algo, o nada según se mire. Más todo era explicable desde el parecer de sus mayores: todo era por su bien. Para que mentirse a sí mismo, a Josito le suponía al menos un argumento al que agarrarse y por el cual canalizar su inquietud a una, no menos incomprensible, paz.
Pero bueno no era eso por lo que nuestra imberbe criatura se comía las uñas hasta la cutícula, no señor, no era ese tipo de cuestiones lo que le sorbía la materia gris de su esponjoso cerebro en aquellos momentos.
La cuestión era que nuestro joven rapaz había hecho amistad con cierto personajillo. Su amigo en cuestión, era muy especial. Aquel compañero de cuento, no era más grande que una pelota de fútbol, ni más pequeño que una de tenis. Además su amigo era amarillo, como un limón maduro y viejo, asimismo su pequeño amigo tenía plumas, unas plumas duras, suaves y cerosas, brillantes como los rayos de un sol que está ya por dormirse. No es por presumir pero además su amigo ostentaba un pico acerado, más corto que largo y menos estrecho que ancho. Unas hermosas y sensuales alas recubiertas de plumas, tan amarillas como las que forraban su delicado cuerpecillo y su apretada cola, sustituían lo que podrían haber sido brazos. Por otra parte, unas finas patas como de alambre lo hacían sostenerse en pie, o en pata según se mire. Por si no se hubiese caído en la cuenta de que especie animal se trata el amigo de Josito, os diré que viene siendo un hermoso canario. Este canario, más por capricho que por azar, responderá al nombre de “Fulgorín”.
Pues bien este simpático y luminoso pajarillo era el mejor amigo de Josito. Juntos jugaban a muchas cosas, bueno menos cuando Josito quería jugar a al fútbol, o nadar en la piscina del jardín, o bueno también cuando el uno retaba al otro a volar lo más alto posible, o bien a piar lo más agudo factible, lo cierto es que perdían más tiempo en intentar jugar que en jugar propiamente dicho. Pues aunque amigos del alma, les suponía muy difícil que el uno hiciese lo que el otro y al contrario, que el otro hiciese lo que el uno. Pues mientras Josito podía correr como potro desbocado, Fulgorín volaba veloz como el rayo. Y mientras el niño podía hablar como una cotorra, el otro que no siendo cotorra sino canario, cantaba melodiosamente como el segundo.
Asimismo esto era lo que tenía en vilo, lo que le escarabajeaba en la mente al mocoso. Turbado, no pudo aguantarlo más y dando un respingo salió disparado en busca de la solución perdida, en busca de… su madre.
Así pues, Josito inmerso en la frustración, corrió hasta la cocina donde su madre horneaba un delicioso bizcocho de maíz. Sin pedir permiso ni nada, se sentó a lomos de una de las mansas banquetas que allí habitaban, aunque a simple vista no pareció incomodarle el peso de aquel niño sobre su grupa. Una vez montado, decidido, preguntó a su madre.
_ Estoy harto mamá, Fulgorín no quiere jugar al balón conmigo, no lo entiendo no creo que sea tan difícil, ¿no? Vamos, si yo puedo…
La madre, como si no hubiese escuchado al chico, le contestó.
_ Josito hijo, podrías terminar el bizcocho por mí, es que estoy cansada_ El niño se quedó pasmado. Pero, ¿qué insolencia era esa? No sólo no le contestaba sino que encima, le pedía algo que su madre debería dar por hecho que Josito no sabía hacer. Le espetó, pues.
_ Mamá pero si yo no sé hacer un bizcocho, no sé cocinar. ¿Por qué me pides eso? No te entiendo…
_ Tienes razón, cariño_ Sonrió la madre_ Que tonta soy, como te voy a pedir algo que no sabes hacer, pobre… Tonta de mí, ¡Anda! Vete a jugar, que cuando este listo el bizcocho te avisaré.
Josito, como un caviloso Sócrates, y no satisfecho con aquella contradictoria conversación saltó de su mansa montura y salió en busca de su padre que supuso que andaría en el garaje, arreglando “no sequé”. Al entrar en la oscura habitación, vio a su padre enfrascado en el motor del coche, que según delataba su ceño fruncido debía de estar arreglándolo.
Sigiloso, Josito, para no asustar a su presa, se le acercó por detrás y tras relamerse con su afilada lengua, le clavó su pregunta cuál puñal en la espalda.
_ Oye papá, Fulgorín no quiere bañarse en la piscina, ¿qué le cuesta bañarse conmigo?_ refunfuñó el muchachito.
El padre con la frente sudada y las manos llenas de grasa, le contestó.
_ Hijo mío, ¿podrías arreglar el motor del coche, que estoy cansado? ¿Podrías?
¡Pues claro que no! Cómo narices iba Josito a arreglar el motor del coche. Pero es que acaso, ¿todos se habían vuelto locos? Primero su madre con el bizcocho y ahora su padre…
Josito, un tanto indignado, respondió
_ Papá me pides algo imposible, yo no sé arreglar el motor del coche.
_ ¡Uy! Claro hijo, ¿cómo te voy a pedir que hagas algo que no sabes? Es algo estúpido por mi parte, perdóname. Ve a jugar, cuándo termine de arreglar el motor nos iremos con tu madre a dar una vuelta en coche. Le dijo su padre.
Vaya, vaya… Josito estaba un poco harto de todo aquello. Más pensó detenidamente mientras salía al jardín. Sus padres le pedían cosas que no podía hacer, al menos en ese momento de su vida no podía hacerlas, y eso era una memez lo mirase por dónde lo mirase, pues por qué demonios le iban a pedir sus padres que hiciese algo que ellos sabían que él era incapaz. Entonces llegó el fogonazo, lo vio todo claro y pensó en su desliz, o pecado según se rece. ¿Como narices pretendía que su emplumado amigo, hiciese cosas de las que era incapaz? Era absurdo, y un tanto egoísta por su parte, más una vez todo comprendido, Josito aprendió a querer aún más a su colega. Sí porque como se dice, “de todo se aprende” y el amar no va a ser cosa menos, también uno ha de aprender amar.
Desde aquella tarde Josito, cuándo no jugaba con Fulgorín y le daba por jugar tanto al balón, como si le daba por darse un chapuzón, aunque no lo hiciese en compañía de Fulgorin, disfrutaba con oírle cantar las hermosas melodías que soplaba por su pico, y aunque parece mentira sospecho que el pajarillo trinaba viendo a su humano amigo chutar el balón. Los dos parecían estar admirados por las virtudes de cada uno, que suplían los defectos que ambos podrían tener.
triste Romeo

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